‘Yo tenía los ojitos perdidos cuando me encontró’: sobrevivió a la ‘Caldera del diablo’
Lady Daniela Ortiz Góngora
Mientras recordaba el Bronx mencionó: “¿Alguien sabe lo difícil que es perdonarse a una misma?”.
Únicamente me acuerdo de algunos detalles de ese lugar donde operaba el Bronx, el aire húmedo y espeso nos enseñó que una parte de Bogotá tiene sus propios olores y colores. – Mencionó de pronto, mientras caminaba al interior del túnel que atraviesa la estación de la Avenida Jiménez, justo al lado de donde quedaba ubicada la ‘Caldera del Diablo’ –.
Yo me pregunto y a veces pienso que soy muy cruda cuando digo que si no fuera por aquella parte de la ciudad ¿El mundo sabría que en dos simples cuadras de un país tercermundista se cometieron toda clase de horrores? Entre ellos violaciones, torturas, tráfico de todo lo que se imaginen, desde drogas hasta las mismas personas.
Los habitantes de este lugar, que parece pobre y un tanto apartado de los ojos de las revistas que muestran los sitios más atractivos de la ciudad, son únicamente visibles cuando se desata una tragedia. Con esto quiero decir que a todos ellos los matan, y después de su muerte, empiezan a vivir. — contó Karla Mora, una joven de 29 años, de cabello negro y de contextura delgada, quien ha pasado su vida llevando algunos negocios familiares en compañía de su hermano mayor –.
Inició la mañana del domingo, y con ello, empezó la sonata de vendedores del centro de la ciudad gritando “tamales, tamales, tamales a $ 3.000”. El sol salió apenas hace unas tres horas, el frío intenso estaba concentrado en el aire.
Una vez Karla sale de la estación y atraviesa las instalaciones del Batallón de Reclutamiento, contó que donde termina la institución, se fumó uno de sus primeros ‘baretos’ en compañía su mejor amiga en ese entonces, Nicol Monsalve, de quien lo último que supo fue que agarraron presa porque la encontraron robando en la finca de unos políticos en el Meta.
Continúa diciendo: Nosotras nos volvimos amigas porque el novio de ella fue un gran amigo mío. Él vivía en la calle. Yo tenía por lo menos 15 años cuando lo conocí. Mi familia y yo vivíamos en un barrio que se llama Ciudad Salitre, en la localidad de Teusaquillo – se ríe y continúa – aunque yo me enteré cuando tenía cómo 14 años que hacía parte de esa zona, pues siempre había pensado que era de Fontibón, debido a que queda muy cerca de Modelia, y yo me la pasaba allí –.
La joven caminó aproximadamente dos minutos hasta estrellarse con un panorama totalmente desolado. La intención por la que se encontraba ahí era para picar esas heridas, que con el tiempo se vuelven historias mal o bien contadas.
Un operativo que marcó la historia de un país con altos índices de narcotráfico
Durante lo corrido del 2017, luego del operativo que se llevó al interior de la también llamada “L”, se creyó que esto fue un éxito. Sin embargo, para los que permanecían ahí, sencillamente lo seguirán recordando como un paraíso con situaciones que determinarían que todo era un infierno.
Se sentía como si la energía cambiara. La primera vez que entré me requisaron de pies a cabeza. Nunca voy a olvidar que justo en la mitad de la entrada había un pegote, jamás supe qué era. Con el tiempo llegué a concluir que esa cosa sin forma le daba a uno la bienvenida. A partir de este momento, cuando ya se ingresaba, la energía se contemplaba desde otros ojos.
Hoy todo está muy cambiado, pero ese mausoleo de almas no se ha marchado. El Bronx o ‘la caldera del Diablo’ fue la olla de drogas más grande de Bogotá hasta el 2016, cuando fue intervenida. Habitantes de calle, sicarios, ‘sayayines’, trabajadoras sexuales y hasta gente de la alta sociedad se mezclaban entre las paredes sórdidas de esa cuadra para consumirse en el vicio y perderse del mundo.
A decir verdad, yo no entré engañada, al contrario, quería ir, y también tenía los medios para hacerlo. Mi círculo de amigos se concentraba en Modelia, más o menos a veinte minutos de dónde vivía. Entre ellos había familias muy acomodadas, incluyendo la mía.
Era una especie de las niñas consentidas del barrio, a quienes comúnmente llaman ‘gomelas’. En ese entonces, mi papá tenía una empresa la cual brindaba servicios de transporte privado a algunos medios de comunicación. Y mi mamá tenía tres casas arrendadas y unos taxis, bienes que nos dejaban muy buenas entradas. De hecho, tanto mi hermano como yo, teníamos una vida muy plena. Sin embargo, siempre sentía algo de soledad.
Por todos estos negocios, mis papás no solían estar en casa. Recuerdo que trabajaban bajo el lema de que se tiene que laborar 17 horas y dormir 7 horas. Imagino que por esa razón consiguieron tantas cosas. Sin embargo, la tranquilidad de nuestro hogar, al menos en ese momento, no la pudieron comprar.
Así caí en el mundo del Bronx
Con 16 años, tenía muchos conocidos, entre ellos el novio de mi amiga, le decíamos ‘Riky’. Nos hicimos amigos porque, sinceramente, yo le tenía pesar. Me sentía en la obligación de ayudarlo. Había noches en las que nos quedábamos algunos compañeros en su cambuche, ahí empezamos a fumar cigarrillos y también a tomar vino.
Tiempo después, mis amigos conocieron lo que eran las fiestas en el centro y ahí llegaron a la L que, para ese tiempo, era la sensación y todos queríamos ir.
La mayoría de ellos ya habían entrado al Bronx. En ese lugar, la marihuana era muy barata. Eso fue en el 2014, año cuando yo apenas estaba empezando a consumirla.
Allí se fumaba un tipo de cultivo que se llama ‘Cafucha’ y, justo para ese tiempo, se hizo popular el ‘Crippy’. Metida en el Bronx, me enteré de que la cocaína la traían de unos laboratorios que quedaban incluso en municipios cercanos a Bogotá.
Me atrevo a decir que el fuerte del Bronx, para nosotros los que teníamos dinero, era la cocaína y la marihuana. Además, adentro también se movían otras drogas sintéticas, pero el ‘boom’ eran esos dos productos.
Asomándose en mis recuerdos aparece la figura de una de las casas que actualmente ya está derrumbada. Otra de las cosas de las que me acuerdo era la seguridad: todos sabían que allí pasaban muchas cosas, pero solo quienes entraban estaban seguros de cuáles.
¿Yo y cuántas mujeres más?
Mi vida cambió en esos días. Los humanos buscamos culpar a todos frente a lo malo que nos ocurre, pero ese no fue mi caso. En estos últimos años nos han enseñado a hablar del perdón y de la reconciliación, pero acaso ¿alguien habla de lo difícil que es perdonarse a uno mismo?
El día cuando pasó era la tercera vez que iba, recuerdo mucho que, con Nicol, habíamos hablado de ir a comprar marihuana para venderle a nuestros amigos. Así de cegadas estábamos que no dimensionábamos el daño que buscábamos hacer únicamente por un tipo de aceptación social.
Fue un miércoles, de la última semana de octubre, estábamos en la época de Halloween y por alguna razón a quienes nos gustaban las fiestas sentíamos que ese era nuestro mes.
Antes de salir de casa me aseguré de ir muy bien arreglada, adentro ya tenía algunos conocidos y como tenía dinero, las personas estaban sobre mí. Ese fue mi mayor error.
Cuando llegué me tomé un coctel y también consumí varias dosis de cocaína y ‘dick’, un tipo de químico.
Minutos después llegaron cuatro tipos y nos sacaron de ahí a mí y a mi compañera. Nos llevaron a una casa. Ninguno decía nada, solo recuerdo que nos tenían rodeadas.
Nos obligaron a subir unas escaleras. Olía a comida podrida, sin embargo, yo disimulaba: no me tapaba la nariz y tampoco hablaba. Tiempo después me separaron de Nicol, yo continué caminando hasta entrar a una habitación que tenía un colchón.
Una vez me entraron, uno de ellos me pegó en la cara, por lo que caí e inconscientemente vi que me estaban amenazando con un cuchillo de carnicería, me obligaron a hacer diferentes cosas. Con la misma arma me rasguñaron la espalda.
Al final, para celebrar mi dolor, prendieron un cigarrillo, pusieron una canción y me tiraron una ‘bicha’ o dosis de bazuco.
En los alrededores de esa habitación repleta de basura era posible imaginar cómo se veían algunas chicas en las mismas condiciones que yo. Quedé en shock. Fue como si la vida se detuviera desde ángulos en los que nada duele. Nadie existe y las únicas salidas que entiendes parecen estar un poco disociadas. Era un pozo sin salida.
Pasadas unas horas logré salir y probé por primera vez el bazuco.
Siempre hay una puerta, pero ¿por qué parece invisible?
El domingo, 12 días después, mi hermano logró encontrarme, yo estaba completamente ‘embrutecida’, durante aquellos días no me había bañado, imagino que tampoco había comido bien, y habré dormido muy poco.
De lo que sí estoy segura fue que me drogué de varias formas. En menos de 15 días perdí más de cuatro kilos y una alta suma de dinero. Con todo esto, puedo decir que, si hubiera durado ocho días más, Karla Mora habría vendido su propia vida por cualquier dosis de lo que fuera.
Que Teo, como le digo de cariño, me localizara fue un golpe de suerte. Si me lo preguntan yo lo recuerdo fácil, pero sé que la sufrió. Entre las vagas memorias que me permito tener, se rehace una de las más difíciles, aparte de la violación.
Yo tenía los ojitos perdidos cuando me encontró. Las personas que se drogan perfectamente podrían describirlo como el momento en el que se sabe que una película llega a su fin, el entretenimiento se acaba, y lo complejo es asimilar la realidad.
Él me vio primero, y cuando yo entre en razón, mi mundo se derrumbó. Ahí me pesó la vida, las falsas amistades y el daño que le hice a mis padres.
Cuando volví en mí completamente, ya estaba en una fundación, esta quedaba ubicada en una finca a más o menos dos horas de Bogotá, allí me hicieron varias terapias realmente fuertes y dolorosas.
Algo que agradezco a Dios, es que, en mi caso, la sensación de abstinencia no fue tan fuerte como para el resto. En este sitio estuve aproximadamente cinco años, y ciertamente puedo decir que mi familia cubrió todos los gastos, estoy hablando de más de 300 millones de pesos.
Cuando me dieron salida, todos tenían mucho miedo de que volviera a buscarme más males. De hecho, yo también lo tenía, pues, a pesar de que tiempo después el Bronx se haya desmantelado, varios sitios de Bogotá heredaron aquellos pasillos del infierno.
Una parte de mí le debe todo a mis padres. Meses antes de la pandemia por el Covid -19 decidieron irse a vivir a Alemania, y mi hermano y yo llevamos los negocios aquí en Colombia. – Caminó hasta su auto, allí estaba su hermano, y también su esposo, quienes atentos la esperaban, antes de subir al carro dijo: me gusta picar heridas, hace más de nueve años no venía.

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